viernes, 26 de diciembre de 2014

Espíritu

El nagual Elías sentía un gran respeto por la energía sexual -dijo don Juan- pensaba que nos había sido dada para que la utilicemos en ensoñar.
Creía que el ensoñar había caído en desuso porque podía alterar el precario equilibrio mental de la gente susceptible.
"Yo te he enseñado a ensoñar tal como él me lo enseñó a mi –continuó-. Él me enseñó que durante los sueños, el punto de encaje se mueve moderadamente y de manera muy natural.
El equilibrio mental de uno no es otra cosa que fijar el punto de encaje en un sitio específico y habitual.
Si los sueños hacen que ese punto se mueva, y si el ensoñar es el control de ese movimiento natural, y si se necesita energía sexual para ensoñar, cuando se disipa esa energía en el acto sexual, los resultados son desastrosos.
-¿Qué me está usted tratando de decir, don Juan? -pregunté-.
Pregunté eso, porque sentía que entrar en el tema del ensueño no se debía al desarrollo natural de la conversación.
-Tú eres un ensoñador -dijo-. Si no tienes cuidado con tu energía sexual ya puedes irte acostumbrando a los movimientos erráticos en tu punto de encaje.
Hace un momento te asombraban tus propias reacciones.
Bien, eso se debe a que tu punto de encaje se mueve sin sentido, porque tu energía sexual no está en equilibrio.
Hice un estúpido e inadecuado comentario sobre la vida sexual de los hombres adultos.
Nuestra energía sexual es lo que gobierna el ensueño -explicó-. El nagual Elías me enseñó que, o haces el amor con tu energía sexual o ensueñas con ella.
No hay otro camino. Si te menciono todo esto es porque tienes una gran dificultad en mover tu punto de encaje para asimilar nuestro último tópico: lo abstracto.
"Lo mismo me ocurrió a mí -continuó don Juan-. Sólo cuando mi energía sexual se liberó del mundo, cayó todo en su sitio.
Esa es la regla para los ensoñadores.
Los acechadores son lo opuesto.
Mi benefactor, por ejemplo, era un libertino sexual como hombre común y corriente y como nagual.
Don Juan parecía estar a punto de contarme las aventuras de su benefactor, pero obviamente cambió de idea.
Meneó la cabeza y dijo que yo era demasiado pudibundo para tales revelaciones.
No insistí.
Dijo que el nagual Elías poseía la sobriedad que sólo adquieren los soñadores tras inconcebibles batallas consigo mismos.
El utilizaba esa sobriedad cuando le daba a don Juan complejas explicaciones sobre el
conocimiento de los brujos.
-Según me explicó el nagual Elías, mi propia dificultad para comprender el espíritu era algo que le pasaba a la mayoría de los brujos -prosiguió don Juan-.
De acuerdo al nagual Elías la dificultad era nuestra resistencia a aceptar la idea de que el conocimiento puede existir sin palabras para explicarlo.
-Pero yo no encuentro ninguna dificultad en aceptar todo esto -dije.
-El aceptar esta proposición no es tan sencillo como decir: la acepto -dijo don Juan-.
El nagual Elías decía que toda la humanidad se había alejado de lo abstracto y que alguna vez debió de haber sido nuestra fuerza sustentadora.
Luego sucedió algo que nos apartó de lo abstracto y ahora no podernos regresar a él.
El nagual decía que un aprendiz tarda años para estar en condiciones de regresar a lo abstracto; es decir, para saber que el lenguaje y el conocimiento pueden existir independientemente el uno del otro.
Don Juan reiteró que el punto crítico de nuestra dificultad de retornar a lo abstracto era nuestra resistencia a aceptar que podíamos saber sin palabras e incluso sin pensamientos.
Iba a argüir que si yo lo pensaba bien, él estaba diciendo tonterías cuando me asaltó el extraño sentimiento de que yo estaba pasando por alto algo de crucial importancia para mí.
Don Juan me estaba tratando de decir algo que yo o bien no alcanzaba a captar, o no se podía decir del todo.
-El conocimiento y el lenguaje son cosas separadas -repitió lentamente.
Estuve a punto de decir: lo sé, como si realmente lo supiera, pero me contuve.
-Te dije que no hay manera de hablar del espíritu -continuó- porque al espíritu sólo se lo puede experimentar.
Los brujos tratan de dar una noción de esto al decir que el espíritu no es nada que se pueda ver o sentir, pero que siempre esta ahí, vaga e indistintamente encima de nosotros.
Algunas veces, hasta llega a tocarnos, sin embargo, la mayor parte del tiempo permanece indiferente.
Guardé silencio y él continuó explicando.
Dijo que en gran medida, el espíritu es una especie de animal salvaje que mantiene su distancia con respecto a nosotros hasta el momento en que algo lo tienta a avanzar.
Es entonces cuando se manifiesta.
Le presenté el argumento de que, si el espíritu no es un ente, o una presencia, o algo que tuviera esencia, ¿cómo se lo podía tentar a manifestarse?
-Tu problema -dijo-, es tomar en consideración sólo tu idea de lo que es el espíritu.
Por ejemplo, para ti, decir la esencia interna del hombre, o el principio fundamental es tocar lo abstracto; o probablemente decir algo menos vago, algo así como el carácter, la volición, la hombría, la dignidad, el honor.
El espíritu, por supuesto, puede ser descripto mediante todos estos términos abstractos. Y eso es lo que resulta confuso, ser todo eso y no serlo al mismo tiempo.
Agregó que lo que yo consideraba como lo abstracto era, o lo opuesto a todas las cosas prácticas, o algo que se me había ocurrido considerar como carente de existencia concreta.
-Por otro lado, para un brujo, lo abstracto es algo que no tiene paralelo en la condición humana -dijo.
-¿Pero no se da usted cuenta de que son lo mismo -grité-.
Estamos hablando de la misma cosa.
-No lo estamos -insistió-. Para un brujo, el espíritu es lo abstracto, porque para conocerlo no necesita de palabras, ni siquiera de pensamientos; es lo abstracto, porque un brujo no puede concebir qué es el espíritu.
Sin embargo, sin tener la más mínima oportunidad o deseo de entenderlo, el brujo lo maneja; lo reconoce, lo llama, lo incita, se familiariza con él, y lo expresa en sus actos.
Meneé la cabeza con desesperación. No podía ver yo la diferencia.
-La raíz de tu confusión es que yo he usado el término "abstracto" para denominar al espíritu -dijo-.
Para ti, "abstracto" es algo que denota estados de intuición.
Un ejemplo es la palabra "espíritu", que no describe la razón ni la experiencia práctica y que, claro, según tú, no sirve más que para aguijonear tu fantasía.
Estaba yo furioso con don Juan.
Lo llamé obstinado y se rió de mí.
Sugirió que si yo lograba considerar seriamente la proposición que el conocimiento puede ser independiente del lenguaje, sin molestarme en entenderla, tal vez pudiera ver la luz.
-Piensa en esto -dijo-.
No fue el acto de conocerme lo importante para ti.
El día que te conocí, tú conociste al espíritu.
Pero como no podías hablar de ello, no lo notaste.
Los brujos conocen al abstracto sin saber lo que están haciendo, sin verlo, sin tocarlo y sin siquiera sentir su presencia.
A través de una publicación de Don Juan Matus



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