sábado, 24 de mayo de 2014

En El Restaurante


El camarero no tuvo tiempo de volver con la carta una vez que hubo acomodado a la pareja de la mesa siete. Tan pronto como se sentaron comenzaron (aunque mejor sería decir continuaron) la discusión que venían entablando desde que se bajaron del coche en el aparcamiento de aquel lujoso restaurante.
Marta y Antonio eran un matrimonio joven y bien acomodado. Se conocieron en los comienzos de su actividad profesional, arrastrados a compartir horas y horas en el interior del bufete de abogados para el que trabajaban. Si en un principio sus respectivas siluetas pasaron totalmente desapercibidas para ambos, poco a poco se fue estableciendo una atracción que desembocó en una relación intensa y aparentemente duradera. Sin embargo, eso no era obstáculo para que surgieran, cada vez con mayor frecuencia, disputas que obedecían en su mayor parte a las causas más absurdas que se podrían imaginar. Y ese domingo, la decisión de salir a comer a uno de sus locales preferidos no había sido aprobada por unanimidad... Se encontraban por fin escogiendo el menú, cuando la polémica elección avivó el fuego de la pelea:
—¿Te parece bonito que hagas esperar al camarero tanto tiempo para decidirte por un maldito primer plato?
Marta no contestó; en realidad asomó sus ojos por encima de la carta y movió con desgana a un lado y a otro la cabeza, como negándose a creer lo que estaba oyendo. Pasados unos minutos, que a Antonio se le antojaron años, cerró con ímpetu la carpeta y emitió su veredicto al mismo tiempo que encendía su enésimo cigarrillo de la mañana.
—Deberías tomarte la vida con un poco más de calma, mi amor. Hoy me he levantado con instinto carnívoro; pediré el “steak tartare” A propósito, el que espera eres tú, no el camarero…
—No, ¡si al final también tendré yo la culpa de que ese trozo de carne cruda en trocitos no se encuentre en su punto!
Ambos compartían la afición por la buena mesa y dicho apego culinario se reflejaba en la pléyade de restaurantes selectos que, al cabo de los años, habían tenido la oportunidad de visitar, degustando sus platos y compartiendo veladas verdaderamente entrañables. Además, su estima por la gastronomía se extendía al interior de su hogar, en el que la cocina y los libros de recetas eran parte fundamental de su tiempo libre.
—No es necesario que te recuerde que la decisión de venir aquí hoy ha sido tuya. Por tanto, si la calidad de los platos se encuentra por debajo de tus expectativas, serás el máximo responsable de la debacle; eso incluye el “trozo de carne cruda en trocitos” que he pedido, desagradable.
Antonio frunció el ceño y se entretuvo repasando la carta de vinos. Al fin y al cabo, su besugo al horno se merecía el acompañamiento de un buen blanco suave y frío, opción que con toda certeza disgustaría a su acompañante. Pero contaba con algo a su favor: habían decidido que fuera ella la que por esta vez mantuviese su alcoholímetro a cero, pues el viaje de retorno a casa así lo recomendaba. Sonrió de modo travieso mientras esperaba ser atendido.
Lo cierto es que, por una razón o por otra, al final siempre terminaban mirándose a los ojos, se les escapaba algún “te quiero” y con las manos entrelazadas disfrutaban en la sobremesa recordando aquella vez que se les olvidó la cartera en el hotel y no pudieron pagar la cuenta de ese restaurante japonés, o la noche en un asador en el que el laborioso camarero terminó desparramando la salsa por encima de aquella camisa blanca que nunca volvió a ser la misma. Verdaderamente se podía afirmar que esas reuniones al calor de los platos poseían un gran poder reconciliador y estabilizaban cualquier pequeña crisis que se atrevía a asomar por entre las patas de la mesa.
Hace un par de semanas, un amigo poseedor de un negocio del que nuestros protagonistas se consideraban clientela habitual, me contó que ya no eran tan frecuentes sus visitas para resolver sus diferencias entre bocado y bocado de un buen rabo de buey guisado. Si acaso, ocasionalmente aparecía ella, francamente desmejorada, para ingerir de forma silenciosa y solitaria un almuerzo rápido y carente de la calidad que ambos exigían en visitas anteriores.
No pasó mucho tiempo hasta que todos conocimos la verdad. Una gran espina de pescado atascada entre la faringe y el estómago, terminó por abrir un boquete y deslizarse hacia alguna cavidad prohibida dentro del tórax de Antonio. La infección alcanzó tal magnitud que tras varios días de deterioro ya no se pudo hacer nada por su vida.
Ella sigue manteniendo su hábito de visitar los grandes santuarios gastronómicos de la zona, pero en su mirada perdida todos aprecian que el motivo principal de aquellas reuniones no eran las viandas, sino la compañía inestimable de la persona con la que compartió los momentos más dulces -y salados- de su vida           




No hay comentarios.:

Publicar un comentario